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CRÍTICA/crónica DE ARTE
Carlos Llorens nos presenta sus últimas creaciones. Fuerza expresiva, texturas compactas, vigor cromático, son los calificativos que nos muestra en su trabajo sincero producto de una elaboración pensada y meditada que nos llega de su interior sin intermediarios. Elocuciones de materia equilibrada plasmada en una superficie que permite a la obra respirar y adquirir delicadeza. Texturas que articulan la superficie enriquecen la capa pictórica, pincel, espátula, se funden para dibujar nítidos perfiles que cobran movimiento en la firmeza del trazo de mano segura. En su obra apreciamos una clara evolución de su etapa anterior de una mayor tendencia figurativa en la que una vez demostrada la capacidad de consecución representativa en el dominio de la técnica, va dejando paso a inclinaciones simbólicas y representaciones alegóricas más expresivas y personales. Dos temas preponderantes, la ciudad y la figura humana. Las ciudades en su doble aspecto de protección y límite, habitáculos del ser humano en su unión, conjunto y pluralidad y que en el Antiguo Testamento se describen como personas, sirven como apoyo germinativo de la figura humana. Estructuras, edificios, tejados y horizontes se funden y transforman compartiendo el mismo espacio, convirtiéndose en sujetos físicos. Anónimos, enigmáticos pero paradójicamente también sencillos, de cuellos estilizados y fisonomías someras se evidencian por manos contundentes que nos indican actividad, potencia y dominio. La mano crea y protege, da y recibe, coge y también entrega; representación de toda actividad humana y relación interpersonal. La exposición de Llorens confronta al espectador con la evolución del artista que no está marcada por sobresaltos ni bruscos cambios de estilo, sino por una coherencia evolutiva formal y personal que le lleva a ahondar con mayor libertad, en la creativa expresión investigadora de su recorrido pictórico.
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